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Avellanal
Corylus avellana
Elaborado por Ricardo G. Llombera
 
Otros nombres: Ablano
 

Familia: Betulaceae.

Etimología: Corylus, nombre griego que designaba el fruto de este árbol. Avellana, de “avellanus-a-um”, es el nombre latino de dicha planta, derivado al parecer del nombre de una localidad del sur de Italia, Avella Vecchia, cerca de Nápoles.

Distribución: Especie autóctona originaria de casi toda Europa, llegando hasta Asia Menor y al Cáucaso, haciéndose más rara en la región Mediterránea. En la Península Ibérica es más frecuente en la mitad N del territorio, aunque baja hacia el S en algunos puntos.

Hábitat: Propia de bosques húmedos. Puede formar bosquecines monoespecíficos, avellanales, que se refugian en fondos de barrancos y aparece en bosques de ribera y setos de bosques caducifolios, siempre en ambientes frescos y sombríos. Señala muchas veces suelos removidos por las riadas periódicas o por caída de piedras, ambientes que coloniza con éxito, probablemente por la capacidad de restañar heridas y roturas en su aparato radical. Puede formar poblaciones de numerosos individuos o presentarse en forma de individuos aislados.

Descripción: El avellanal es un arbusto grande, de ramas pardas algo flexibles. Debido al uso constante de sus largas varas para diversos fines, generalmente no pasa del tamaño de arbusto de 2 a 6 metros; sin embargo, cuando no se le molesta y crece en lugares óptimos, puede alcanzar los 10-12 metros.

Suele crecer dando, desde la cepa, varias varas que se elevan a la vez que se separan ligeramente, originando una amplia copa abierta; si alguna de ellas adquiere dominancia se convierte en un bello árbol erecto y esbelto. El crecimiento es rápido, al menos para las jóvenes ramas y aunque vayan muriendo posteriormente, la cepa de partida permanece dando renuevos durante bastante tiempo.

Corteza: La corteza en las ramas es parda y en las ramillas terminales es ligeramente pubescente, con pelos rojizos y glandulares, haciéndose con la edad lisa o muy rugosa y de color pardo grisáceo plateado brillante, e veces con tonos levemente rojizos, terminando por levantarse en pequeñas tiras retorcidas.

Copa: Amplia y abierta.

Ramas: Son largas varas flexibles muy usadas para distintos fines.

Hojas: Posee hojas alternas, rugosas, caducas, de margen irregularmente serrado, con forma suborbicular a anchamente ovadas, de 7-10 cm. de color verde oscuro, verde claro por el envés, y tienen algunos pelos, suaves y blanquecinos, especialmente en los nervios del envés.

Floración: De enero a abril.

Flores: Tiene flores masculinas, recogidas en densas inflorescencias colgantes (amentos) de color amarillento que salen antes que las hojas, pues se empiezan a desarrollar y hacerse evidentes al principio del invierno, liberando el polen a finales de esa estación o principios de la primavera, justamente cuando aparecen las femeninas. Los amentos femeninos presentan el aspecto de yemas vegetativas que aparecen en los extremos de las ramitas, con unos bellos, vistosos y delicados estígmas rojos saliendo por el extremo.
Frutos y semillas: Después de la fecundación, los amentos femeninos aumentan de tamaño durante todo el verano, madurando los frutos desde agosto a octubre. Dichos frutos (las avellanas, tan conocidas y apreciadas por todos), son ovoides, secos, indehiscentes, con una sola semilla cubierta de una dura envuelta leñosa blanquecina al principio y luego parda que está, a su vez, rodeada desde su nacimiento por dos brácteas verdosas que forman el involucro, tan largo como el fruto y con dientes irregulares en su terminación. Aparece en grupos de 1 a 4 y se les suele llamar Garapiello o Escarapiello. Son muy nutritivos.
Recolección: De la recolección interesan en primer lugar las avellanas, muy apreciadas en pastelería y como alimento de alto poder calórico. También interesan, desde el punto de vista terapéutico, las hojas y la corteza; las hojas se arrancan del arbusto, con tiempo seco, y la corteza se recoge en primavera. Ambos se ponen a secar al aire libre o en secaderos a una temperatura máxima de 40º C.

Propiedades medicinales:
Las avellanas contienen hasta un 65% de aceite, lo que las convierte en un gran alimento, aunque algunos expertos desaconsejan este fruto seco en ancianos porque dicen que eleva la tensión sanguínea. La corteza contiene materias tánicas, aceites y alcoholes; está especialmente recomendada -sobre todo por sus principios astringentes- para cortar hemorragias y diarreas. En las hojas también aparecen taninos y flavonoides, de efecto vasoprotector, astringente, venotónico y antiedematoso. En ocasiones se usan como sucedáneo de la hamamelis. En resumen, el avellanal es utilizado por sus propiedades astringentes, antipiréticas y antiedematosas y está especialmente indicado en varices, hemorroides, gripe y heridas.

Usos:
Infusión de polen: El polen de avellanal se puede utilizar en infusión como sudorífico; para ello se pone un poco de polen en agua hirviendo y una vez frío se toma en pequeñas tazas.

Infusión de hojas: A un litro de agua hirviendo se añaden 25 gr. de hojas de avellanal; se templa y filtra para su empleo posterior en la limpieza de heridas y llagas.

Cocimiento de corteza: 35 gr. de corteza se añaden a un litro de agua; se deja hervir durante 20 minutos; luego se filtra y se endulza a gusto de cada uno. Se pueden tomar varias tacitas durante el día. Este cocimiento se utiliza como astringente y da mejores resultados con la corteza de la raíz.

Cocimiento de cáscara de avellana: Se utiliza la cáscara de avellana -cocida y en tisana- para casos de retención de orina, aunque paradójicamente también se ha empleado popularmente para evitar que los niños se orinen en la cama.
En cualquier caso, es recomendable aprovechar sus exquisitos frutos, las avellanas, consumiéndolas de diversas formas: crudas, tostadas, en forma de horchata o simplemente machacadas con agua y azúcar.

Otros usos:
Las ramas, largas, rectas y flexibles, son utilizadas para muchos fines en el medio rural, varas para algunas legumbres, mangos de herramientas, en

cestería, para sebes, para varear la lana, para sujetar piezas unas a otras, al estilo de las vilortas.

Como combustible es aceptable, a pesar de lo que señala el dicho popular: “La leña ablaniza, ni da lumbre ni ceniza, ni calienta al que la trae, ni tampoco al que la tiza”.

Curiosidades:
En nuestro pueblo se encuentran fácilmente en el faedo de Orzonaga y más escaso pero con buenos ejemplares, en el faedo de la Peña, justo en la base de la Cuencha grande.

Existía la creencia popular que para neutralizar el veneno de las mordeduras de las culebras (que por cierto, no son venenosas) se debía golpear la zona afectada con una rama de avellanal y sólo tocando con dicha vara la cabeza de la sierpe ésta moría. Lo anterior no se aplicaba a la víbora, pues para ese caso se utilizaban hojas de roble haciendo cruces al tiempo que se recitaban conjuros.

Actualmente es más conocido con el nombre vernáculo de Avellano, pero entre las personas de más edad, aún recuerdan que antaño se le denominaba Avellanal, un término que con el tiempo se ha ido perdiendo, pero que mantenemos por ser el primigenio. Algunas personas, incluso dan cuenta

del paso de un vocablo al otro, y hacen coincidir el cambio con el nuevo hábito de usar las ramas de este árbol para “varear” los colchones de lana, al empezar a sustituirse con ellos los de paja y hojas, dándose el caso de dejar de decirse varas de avellanal para usar varas de avellano sin motivo justificativo que puedan dilucidar y poco a poco, éste acabó asentándose en el habla popular.
Adivinanzas con la avellana como motivo:

“No soy ave, cosa es llana,
aunque estar en alto suelo,
porque ni corro ni vuelo;
soy una simple serrana,
hija de un hijo del suelo.”
“Ave tengo por nombre,
llana es mi condición,
el que no lo acierte ahora,
es un gran borricón”.
 
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