El
calvo era un palo de tres patas de
madera o trípode y se hacía de maderas duras,
en Llombera solían de ser de sardón y de espino,
menos frecuente de roble.
En sus orígenes era un juego de pastores, los niños
iban la mayoría con las vacas y los que no tenían
iban a jugar igual pues eran minoría. Los palos eran
los que llevaban para "arrearlas" y también
eran de maderas duras para que no se rompieran con facilidad,
podían ser tan gordos como el mango de un escardillo.
También
se solía jugar en la carretera junto a la Casa de
la Escuela, se subían al muro de las escuelas, ponían
el palo de punta encima del pie y lo lanzaban lo más
lejos que podían, el que más lejos lo hubiera
lanzado era el primero en probar suerte y así sucesivamente,
pero el que menos lejos lo hubiera lanzado éste es
el que se quedaba de calvero.
Este
niño que tenía la misión de “calvero”
era la de custodiar el mismo con una vara de avellano como
de dos metros más ó menos.
Comienzo
del juego:
Se hacía un circulo grande y dentro se ponía
el calvo y a una distancia de
unos 15 metros más o menos, se tiraba con el palo
al calvo y el juego consistía
en sacarlo del circulo.
Cuando
un jugador tiraba el calvo, el
calvero tenía que levantarlo dentro del
círculo, momento que aprovechaban los demás
que habían errado el tiro para recoger el palo, ahora
bien si lo conseguía y los jugadores no habían
pasado la raya desde la que se tiraba (como la mayoría
de otros juegos), podía perseguirlos y si antes de
pasar les tocaba con la vara, el tocado pasaba de ser tirador
a ser calvero.
Depende
del sitio en que se jugara, el calvero solía
"apochinar" toda la tarde, principalmente porque
al empezar el juego ya era el más débil y
por eso "apochinaba".
Muchas veces se jugaba en Las Murias y como estaba en cuesta,
los palos que se tiraban y no acertaban iban a parar lejísimos
del calvo, por lo que era fácil
recuperar el mismo sin ser cazado.